Escrito por Víctor J. Maicas Safont Miércoles, 29 de Diciembre de 2010 21:54


FOTOREPORTAJE/ Mientras la bella ciudad croata renace y resplandece a las orillas del Adriático gracias al turismo, en Mostar la guerra pareciera que terminó ayer
Hace un tiempo, tras visitar estas dos ciudades años después de haber concluido la guerra de los Balcanes, comprobé la doble cara de una misma moneda o, más concretamente en este caso, las diferentes consecuencias de una misma tragedia, pues aún en una situación tan traumática como es una posguerra, por lo visto el poder del dinero y el negocio sigue primando por encima de la solidaridad.
Al visitar la ciudad de Dubrovnik, con su pequeño casco antiguo cuyas murallas, abrazadas por el mar, la rodean y protegen, descubres una localidad cuyo aspecto solemne y encantador te invita a poder 'perderte' a través de sus estrechas y sugerentes callejuelas. Entrando en ella por su puerta principal te encuentras con Stradun, una ancha calle protegida por infinidad de edificios de piedra blanca y en donde la vida se despierta a cada paso. Es un paseo tranquilo, a salvo en todo momento de ese ir y venir de vehículos, cuya 'insolente' entrada está vetada en el recinto amurallado. La gran suerte de Dubrovnik ha sido formar parte de un entramado turístico-económico que le ha salvado de la dureza de las postguerrasA izquierda y derecha se abren calles que te invitan a descubrirlas, retándote a menudo con sus empinadas e interminables escalinatas que te conducen a lo alto de sus murallas. Al final de la calle Stradun se encuentra su pequeño y coqueto puerto, con sus cafés y terrazas dándote la bienvenida y sugiriéndote un descanso para saborear las excelencias de su mar en materia gastronómica. Apenas se notan las secuelas de la guerra en sus edificios, que sí en sus gentes, pero su gran suerte ha sido formar parte de un entramado turístico-económico, que la ha salvado de esa miseria que suele llevar de la mano la posguerra.
Al día siguiente dejé Croacia y me adentré en Bosnia, esperando que ese milagro de la reconstrucción también se hubiese producido en Mostar, pero mis esperanzas acabaron en el momento en que entré en la ciudad. Había infinidad de edificios destrozados, como 'esqueletos vivientes' esperando a que alguien se apiadase de ellos. No más descorazonador fue mi primer contacto con sus gentes. Niños descalzos y con ropajes deplorables, esperando con sus manos abiertas esas monedas que aquel extranjero les pudiese dar. Era lamentable comprobar cómo algunos de sus edificios, con los hierros retorcidos y destrozados por las bombas en sus plantas superiores, se convertían en supermercados o viviendas en su planta baja. Habían pasado varios años de la guerra pero estaba claro que ésta no era una ciudad económicamente atractiva. Apenas había turismo, y la inversión aquí nada tenía que ver con lo que había visto el día anterior.
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Recuerdo que había mutilados, supongo que por la guerra, esperando en las esquinas esas limosnas que alguien les pudiese dar. Pregunté a una muchacha que hablaba mi lengua si era costumbre que hubiese tantos cementerios dentro de la ciudad, y me comentó que antes de la guerra la mayor parte de esos cementerios a los que yo me refería eran plazas y parques. Me explicó que en pleno conflicto era imposible enterrar a los muertos fuera de la misma, ya que los francotiradores no estaban dispuestos a hacer ninguna concesión. Los enterramientos se tenían que hacer de forma rápida, por la noche y a oscuras, por temor a que éstos actuasen al menor atisbo de movimiento.
En Mostar no tuvieron tanta suerte: su centro urbano está repleto de cementerios. Durante la guerra los francotiradores no permitían a la población salir del centro para enterrar a los muertos del día
Quise ver cómo se había reconstruido su viejo y magnífico puente, ese puente que separaba a croatas de musulmanes, y que ahora servía de esperanza a una necesaria reconciliación. Me dijo que ella era incapaz de cruzarlo, que no estaba preparada para pasar a la otra zona, mientras sus ojos reflejaban todavía una mezcla de temor y odio que imagino sólo el tiempo y la compresión puede hacer desaparecer. Antes de despedirnos me habló de que la mayoría de sus amigos habían muerto en la guerra, y que los que habían quedado sólo tenían dos opciones, emigrar o delinquir. El paro superaba el cincuenta por ciento y las ayudas del exterior llegaban en cuentagotas. Fue curioso cruzar aquel majestuoso puente, con sus largos brazos uniendo las dos orillas, como suplicando una oportunidad para la vida y la esperanza, esa esperanza perdida para muchos pero tan necesaria para los que han de continuar.
Al acabar aquel viaje pensé en aquella guerra, una de esas guerras incomprensibles si la analizas de una forma precipitada, pero comprensible, que nunca justificable, si analizas todos sus pormenores. Creo que los dirigentes que iniciaron este conflicto, como tantos otros de esta índole, amaban más al poder y al dinero, que por cierto siempre suele ser un actor presente en estas cuestiones, que a su propia patria, pues el pueblo llano fue el que realmente padeció y vio cómo sin apenas darse cuenta, amigos y vecinos empezaron a odiarse por justificar el amor a una determinada patria, sin intentar a través del diálogo y el respeto mutuo mantener un clima de entendimiento entre ambas comunidades.
¿Pero qué es la patria, me pregunté entonces? ¿Qué puede justificar que alguien mate por ella? No sé, quizá para muchos esté equivocado, pero siempre he pensado que mi patria es el mundo, una patria precisamente que defiende las singularidades de cualquier comunidad siempre y cuando se respeten los Derechos Humanos.
Víctor J. Maicas es escritor.

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