Yo sí que quiero ser princesa

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El otro día viví una situación curiosa cuando llegué a la cafetería de mi facultad y me acerqué a la mesa de mis amigos, que merece ser contada y reflexionada

Opinión


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En la cafetería de mi facultad sólo estaban mis amigos, no había ninguna chica.

"Creo que merece la pena pararse a pensar en las costumbres que se están perdiendo, ya no hablando sólo de costumbres, sino también de educación"
El otro día viví una situación curiosa, de esas que merecen ser contadas y reflexionadas. Me sorprendió bastante llegar a la cafetería de mi facultad, Ingeniería de Caminos, y acercarme a la mesa de mis amigos, en la que casualmente en ese momento no había ninguna chica.

 

Cuando llevaba cinco minutos de pie con todo el grupo de chicos sentados, se me ocurrió preguntarles si no les daba vergüenza que yo, una señorita, estuviese de pie mientras ellos estaban cómodamente espatarrados en sus sillas. No sólo me miraron como al bicho más raro del mundo, sino que también se rieron de mi extravagante ocurrencia.


Sin embargo, no todos opinaron igual. Sólo uno, pero por lo menos uno, haciendo honor a su apellido, Galán, se levantó de su silla para dejarme sentar.


Sé que muchos me tacharán de machista, pero creo que merece la pena pararse a pensar en las costumbres que se están perdiendo, ya no hablando sólo de costumbres, sino también de educación, y no puedo evitar mirar con cierta nostalgia al pasado que me describen mis padres, cuando los chicos se levantaban para dejar que las chicas se sentasen, o las dejaban pasar antes al ascensor.


Pero como decía Antonio Flores, las niñas ya no quieren ser princesas, y desde el momento en que ya no quieran serlo, los niños tampoco querrán ser galanes que las traten bien. Yo sí quiero ser princesa, no de las de ahora, que van de modernas y de independientes, sino de las de antes, de esas a las que los príncipes perseguían para darles un zapato sin tener que buscarlo ellas. O de las que eran rescatadas de una torre sin que a ninguno de los príncipes se le ocurriera pensar que ellas solas serían capaces de bajar, o de las que eran besadas para despertar de un sueño sin que su príncipe pensase que ya se levantará cuando tenga ganas. Yo sí quiero ser de esas princesas a las que sus amigos dejan sentar en una cafetería cuando no hay sillas para ellas.


Ilustración (CC): iwouldstay 


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Author of this article: María Cepeda Fernández

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