Escrito por Sebastián Liera Lunes, 27 de Abril de 2009 20:30

El libro de George Orwell premite hacer un símil con la actual gripe porcina que se está extendiendo por el mundo
Opinión

O lo que es lo mismo, una amenaza epidemiológica donde la emblemática Batalla del Establo de las Vacas sería reducida en su versión posmoderna a las así llamadas vacas locas inglesas de finales del s. XX y el liderazgo del Viejo Mayor, el pendenciero Napoleón y el vilipendiado Snowball.
Los tres cerdos con que el autor de 'Homenaje a Cataluña' diera voz y rostro a los tres hombres más influyentes de la revolución rusa, en una extraña similitud de cepa de influenza porcina ha provocado que se mantenga el estado de alerta en México, Estados Unidos y, por ahora, Centroamérica.
Desde las cocinas de los abandonados restaurantes y fondas hasta los cines, teatros y museos que han tenido que cancelar sus actividades se preguntan: ¿qué hacer?
Swift quizás recomendaría comernos a quienes ya fallecieron por haber contraído la H1N1 o, por lo menos, como ya se lee en Facebook, mucha carne de cerdo para ir creando antipuercos.
Saramago tal vez ensueñe un estado literario de sitio, para que las intermitencias de este nuevo ensayo no alcancen a otras regiones.
García Márquez sugeriría, a lo mejor, dejar atados en mitad del patio a la descendencia de Úrsula y José Arcadio con todo y su cola de marrano en estos días de amor en tiempos de transgénicos.
Y Marx sólo alcanzaría a prologar que un fantasma recorre el mundo: el fantasma del proletariado retrógrada que murió de cáncer por comer lo que vende Monsanto, mientras el dueño de la transnacional se despacha, él sí, con frutas y carnes sin colorantes ni sabores artificiales, sin conservadores todo muy natural.
Por lo pronto, la mejor respuesta sigue siendo la calma, la prevención y lo que todo mundo evita traer a colación, la organización. Los gobiernos legítimo y de facto (que de los dos no se hace uno), donde uno llama a la defensa del petróleo en manos de gobiernos que por más nacionalistas no dejan de ser capitalistas. Y el otro gobierno ordena la intervención del ejército a la menor provocación en una mala versión de la primera película hablada de Chaplin (gracias por recordárnoslo, maestro José Ramón).
Al igual que la aviaria y la malaria hacen en Europa, África y Asia, no sólo es, entre otros factores, resultado de mutaciones que en buena medida ha encontrado idóneo caldo de cultivo en una sociedad donde las leyes del mercado han debilitado al organismo social en aras de aumentar la producción.
Sino que también se ceba en quienes tienen menos menos poder adquisitivo, menos calidad en servicios públicos en general y de salud en particular, menos acceso a una información seria e inteligente, menos articulación positiva entre los nodos de su red social.
Revertir eso implica poner en juego lo mejor de nosotros mismos. Como cuando los sismos en septiembre de 1985. ¿Los gobiernos? Bueno, ellos están más ocupados en parafrasear a Orwell cuando se distribuyen antivirales sólo para quienes viven en el centro del país sin disponer de medidas preventivas para el resto.
Luego recetan la aplicación de los medicamentos antes que a nadie a los levantadedos de ambos desgobiernos cuyas nalgas sudan en las curules del Congreso de la Unión. Y todo ello mientras duermen y firman sin leer los paquetes legales que además de ceder nuestra soberanía alimentaria a empresas como Bachoco, Maseca, Pilgrims Pride o la ya mentada Monsanto, tienen responsabilidad jurídica y política de cara a la epidemia que se avecina.
Que nadie se extrañe cuando en San Lázaro, escrito con letras de oro, pueda leerse aquello de que todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros.
Imagen(cc): sarihuella
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