Nodo libre
El regaloEscrito por Olocau. Digital . Lunes, 16 de Marzo de 2009 01:00

"A la perrita abandonada le dieron de nombre Jenny y tomó por hogar callejero el pueblo de Santa María"
Opinión

Hace un par de meses me llegó un singular regalo. Lo vi, lo leí y lo dejé muy a la vista, entre mis objetos cotidianos. No sabía qué había en él que me incomodaba. Qué era lo que me hacía ocultarme, lo que me hacía sentir como un fugitivo. Ahora, sin embargo, ya lo puedo explicar.
Fuera del tema y sin querer polemizar ni hacer proselitismo, lo que me inquieta es esa capacidad de entrega, esa potencia y esa generosidad.
Yo
sé de las soledades de estas personas luminosas y decididas, y por eso
puedo evaluar la intensa y profunda satisfacción de quien recibe a
cambio ni más ni menos lo que predica con el ejemplo. Es una forma de poseer el mundo. Es una forma de justificación.
Eso
es lo que me hacía ocultarme, que yo hubiera pensado, sinceramente
compungido, bien calentito y arrellanado en mi rincón, que jamás
volvería a ver a los perrillos. Porque con esa tormenta el agua se los
habría llevado instantáneamente.
A la perrita le dieron por nombre Jenny. Una historia verdadera. Una vez la hubieron abandonado tomó por hogar callejero el pueblo de Santa María.
Hacía sus recorridos por las aceras evitando los coches y a la gente lo más que podía. La vi casi desde los primeros días. Desde su cuerpecito peludo, blanco y negro, como si de una vaca pequeñita se tratara, me di cuenta que era hembra.
Me costó seguirla muchos días para ver donde dormía y, cerca, cuando lo supe, le dejaba comida y agua. Cuando ella se dio cuenta que la vida se ponía algo a su favor, me dejaba acercarme a diez metros de distancia. Así todos los días.
Conforme se iba acercando el calor del verano empezó a quedarse calva por las pulgas, por su alergia, de tanto rascarse y empezó a engordar de la tripa. Claramente estaba embarazada.
Se refugió para tener los cachorros en una obra en la que había un canal que recogía las aguas torrenciales cuando hacía mucha lluvia. Tuvo tres enanos peludos, dos negros y la otra como ella.
Conseguí que se acercara un poco más, incluso que identificara el ruido de mi coche, incluso que supiera que iba cargada de buenas intenciones, pero siempre recelaba. Un día el encargado de la obra salió con su mal carácter a decirme que, o me los llevaba de allí o cogería a los cachorros en un saco y los tiraría a un torrente.
Quedamos a las cuatro de la tarde. A las tres y media se desató una tormenta que tumbaba los árboles y hacía intransitable los tres kilómetros que me separaban de donde ella estaba.
Sólo pensé en que el cauce del torrente donde estaban los cachorros estaría desbordado. Sólo ellos me hicieron milagrosamente no tener un accidente con el coche.
Cuando llegué el agua del torrente había nivelado con los solares y con los bordes del torrente. Me subí el vestido lo que pude. Había gente en las ventanas viendo la riada que se había formado. Me vieron toda mojada y desesperada. Allí no quedaba nada.
Desde un balcón me gritaron que, en tal sitio inundado habían visto un perrito, entre las ramas. Cuando llegué hasta él era una bolita empapada que no se movía pero me miró.
Para cuando ya lo tenía llegó mi aliada de los animales y se lo di y me puse frenética a buscar más y encontré a los otros dos en sitios diferentes, uno de ellos tan asfixiado que me puse a hacerle el boca a boca y lo recuperé.
Las toallas, el secador de pelo, hicieron que se recuperaran sin entender nada de aquel trajín. Fue tanta la emoción que se apoderó de todos nosotros que fue fácil la adopción de los cachorros entre los vecinos. Quedarían el uno tan cerca del otro y del otro que, siempre seguirían siendo hermanos y vecinos.
Los he visto después convertidos en perrito felices. A la perrita madre la vi después de dos días. Estaba sentada a una distancia prudente frente a una de las casas donde habían adoptado un hijo suyo. Para entonces su piel estaba igual de pelada que la de un cerdito por su alergia.
Sacamos a su hijo para poderla ayudar pero no había manera.
El torrente seguía con agua, era imposible dejar a los cachorros a su suerte otra vez. Ella tenía la leche acumulada en sus tetillas con mastitis . Quedamos Joana y yo en intentar, con la comida darle pastillas de dormir.
Se las comió y conforme notaba que se mareaba se iba a acostar lejos y, si me acercaba se levantaba y se volvía a mantener a distancia.
Una de esas veces pasé cerca de ella para ver si ya no podía levantarse. La miré desde muy cerca y seguí andando disimuladamente diciéndole a mi amiga, con gestos, como la encontraba. Vi que ella me hacía gestos muy excitada.
La pudimos curar hasta de las pulgas. La llevamos a casa de Anny para que se recuperara. Cada día iba yo a buscarla. Para entonces sus cachorros le parecían perritos sin más. Paseábamos juntas una hora y nos queríamos.
Salió la mejor alma del mundo que la pudo adoptar. Le creció el pelo. Cambió la calle por el sofá y, el cariño se le daba tan desbordado como el torrente aquel. Cada año sus tres hadas madrinas llamamos a sus dueños protectores y nos cuentan lo bien que está y que vive con otro perrete recogido. Que sus pestañas se han hecho tan largas como su pelo.
Esta historia la llevaré siempre en mi corazón. Me sirve para saber, como Jenny me enseñó, que no nos debemos de rendir nunca.
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