Escrito por Garbiñe Albizua Uriarte Domingo, 15 de Marzo de 2009 20:24

Piedra roja en una empinada ladera en la que enreda el viento
Reportaje
Quizá lo mejor de las piedras es su testarudez por contar lo que fueron. Hay ruinas que se van cayendo, que las van expoliando, pero que jamás silencian lo que vivieron, como las del Monasterio de San Prudencio en el Monte Laturce, a unos veinte kilómetros de Logroño. Piedra roja en una empinada ladera en la que enreda el viento. Sólo hace falta curiosidad y tirar del ovillo de la historia para que los restos de la abadía comiencen a susurrar más de mil años de aconteceres...
Las primeras piedras se pusieron en el año 925
Parece que las modas religiosas fueron capaces de trepar por esta empinada
ladera y aposentarse

Adentrarse es perderse por un laberinto de paredes semiderruidas

Está en una hondonada del monte Laturce; como colgado
No hace falta andar mucho camino para toparse con la primera vista del Monasterio. Impactante. Aunque se conozca el camino, su aparición siempre sorprende. Su belleza no cansa; magnetiza y a partir de esa primera vez será muy difícil apartar los ojos de los restos monacales.
Está en una hondonada del monte Laturce; como colgado. La sensación grandiosa se irá acrecentando a medida que nos acercamos. No me parece La Rioja. Puede resultar absurdo pero me vienen a la cabeza imágenes de monasterios tibetanos... Si las banderolas jalonaran lo agreste del terreno juraría encontrarme en un monasterio budista. Por la serenidad y la fuerza de este lugar.
Dicen que las primeras piedras en este lugar se pusieron en el año 925. Tiempos de la reconquista. Los reyes favorecían la construcción de monasterios porque era una forma de atraer cristianos y, en definitiva, población a lugares abandonados durante los enfrentamientos con los musulmanes... Los monjes iban abriendo camino.
Ya tengo delante el lienzo de muralla que afianzaba el recinto monacal. Adentrarse es perderse por un laberinto de paredes semiderruidas, piedras caídas, escombros y vegetación que se adueña de los sillares. Hay un momento que levanto la vista de semejante selva de ruinas y me sobrecoge la visión. Me imagino a los monjes hace mil años en aquel lugar tan cerca del cielo, tan rodeados de montañas y expuestos a lo natural, hasta que me parece escuchar unas campanas.
Me doy cuenta de que llevo un rato mirando sin ver lo que fue la Iglesia. Ésta es la tercera. Se levantó sobre las ruinas de otras dos anteriores; la más antigua, románica; la segunda, cisterciense. Hay un arco abocinado, del estilo del císter...
Los primeros monjes que aquí vivieron fueron benedictinos. Luego el monasterio de San Prudencio se hizo de la orden del Císter: pegaba fuerte en el siglo XII y parece que las modas religiosas fueron capaces de trepar por esta empinada ladera y aposentarse.
Hablando de aposentos: en las paredes que, cada vez menos, quedan en pie se aprecian los mechinales donde se encajaban las vigas que separaban los distintos pisos. Aquí dormirían, trabajarían, estudiarían los monjes. Dicen que las comunidades serían de unos veinte religiosos. Y cultivarían sus huertos, sus frutales, elaborarían su vino y en su escritorio monacal copiarían pergaminos.
Y desde la altura, que se aprecia el cañón del Río Leza, los imagino subiendo el barranco con sus borricos o meditando por los senderos. Quizá recibieran visitas ilustres... Porque aquí enterraron al primer señor de Cameros, Fortún Ochoa, y a su esposa doña Mencía, hija del rey García de Nájera.
Y también estuvieron las reliquias de San Prudencio. El obispo, al que luego subieron a los altares, murió en la localidad soriana de Osma y antes de fallecer encargó a su sobrino Pelayo que, una vez muerto, lo colocaran sobre un asno y lo enterraran donde el animal se detuviera. Y parece que el borrico llegó hasta esta ladera.
Algo así cuentan de otros muchos santos. En aquella época debían ser habituales las procesiones de gente que salían detrás de un borrico sin saber su destino.
San Prudencio nació en Armentia, y como soy alavesa lo he sabido siempre. Pero la naturaleza ha querido que acabara conociendo el lugar donde mi paisano santo acabó con sus huesos. Al Monasterio de San Prudencio del Monte Laturce le sobra magia.
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Author of this article: Garbiñe Albizua Uriarte
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