Cuando la música detiene el tiempo

( 4 Valoraciones ) Fernando Torres Serrano


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The Buddy DiCollete Band

Lo que iba a ser sólo un comentario a ‘Dos músicos callejeros’, del periodista ciudadano -y tocayo- Fernando Solera, se ha convertido en una ‘noticia’ de más enjundia y alcance que una simple apostilla

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El misterioso Jazzman
Pero ésta no hubiera surgido de no ser por haber suscitado una gran empatía en mí mientras la leía. Y es que es una gran verdad. Cuántos músicos con talento -y no sólo músicos, claro- andan por ahí, en cualquier calle de Zaragoza, Madrid, París o Santiago de Compostela, tocando como no lo haría un profesional remunerado por ello.

En la última ciudad citada, por ejemplo, muchos de los que lean estas líneas y hayan estado allí alguna vez en los, al menos, últimos diez años -no antes- habrán sentido algo parecido. Obviando las distancias geográficas y gustos musicales, escuchando a ‘Jazzman’ -el misterioso guitarrista de jazz que toca tras una ‘malla de atracador’ y sombrero-, ocurre algo semejante. Siendo un gran músico confeso admirador de Wes Montgomery, oírle tocar su guitarra en la rua Fonseca, en el mágico entorno del casco viejo de Santiago de Compostela, te obliga a detenerte al menos unos minutos y olvidarte del tiempo.

Por no hablar de otros muchos músicos callejeros, más o menos anónimos, que tocan sus instrumentos en las calles y plazas aledañas a la catedral. 

Igualmente conocida será de músicos y viandantes la calle Preciados de Madrid, por darse el mismo caso. A veces de forma individual, otras formando un grupo, se reúnen a menudo -en la hoy día peatonal calle Preciados- a tocar para conseguir unas monedas. 
                

Otro tanto ocurre en el metro de las ciudades que lo tienen. Sobre todo cuando aprieta el frío. En el área de transbordos de la estación de Chatelet y Saint-Michel, del metro parisino, se puede ver, casi a diario, a toda una orquesta compuesta por estudiantes del conservatorio. En ocasiones, hasta seis violines, dos violonchelos… y alguno que llega.

Pero una mañana soleada de diciembre -no muy fría aún para esas fechas-, en un recodo del Pont Saint-Louis, tuve la ocasión de experimentar exactamente lo mismo que narra Fernando, oyendo tocar a un grupo de bohemios americanos y músicos de jazz (The Buddy DiCollete Band) el célebre tema de Irving Berlin ‘Cheek to cheek’.

Eso sí que era el paraíso, amigo. Ya lo decían Louis Armstrong y Ella Fitzgerald cuando cantaban esa canción:

 ‘Heaven, I´m in heaven…’

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Author of this article: Fernando Torres Serrano

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