Dos músicos callejeros

( 6 Valoraciones ) Fernando Solera Asís

Me sentí extraño deteniéndome por una vez entre el imparable gentío, dejándome embriagar por las notas que con una armonía sublime nacían de esos dos viejos instrumentos. A todos los que tan ausentes caminaban a mi alrededor, de buena gana les habría pedido que compartiesen conmigo un momento tan mágico como el que tenía la fortuna de estar viviendo.

Todo hacía pensar que esa mañana iba a ser como tantas otras, pero la vida se ocupó de ponerme en mi sitio, sacándome de tan imperdonable y recurrente error. Zaragoza había amanecido vestida de otoño, y su Paseo de Independencia volvía a ser la avenida por la que cientos de conductores y viandantes transitan como autómatas, sin tiempo para contemplar la belleza que a menudo camina junto a nosotros, y que tan sólo reclama un minuto para que nos detengamos a disfrutarla. Así sucedió el último sábado, cuando un violín y un contrabajo obraron el milagro de la música ante los pocos que, por unos instantes, fuimos tan valientes como para quitarnos las orejeras y detenernos en nuestra carrera de siempre. Siempre hacia ninguna parte, siempre con prisas.

Una mañana de tantas que, por la generosidad y el talento de dos músicos callejeros, acabó convirtiéndose en una escena que bien podría haber sido filmada en el paraíso

Me sentí extraño deteniéndome por una vez entre el imparable gentío, dejándome embriagar por las notas que con una armonía sublime nacían de esos dos viejos instrumentos. A todos los que tan ausentes caminaban a mi alrededor, de buena gana les habría pedido que compartiesen conmigo un momento tan mágico como el que tenía la fortuna de estar viviendo. Uno de esos por los que intuyes que merece la pena estar aquí. Pero desgraciadamente no me atreví a tanto. Sin embargo, me encantaría que alguien misericordioso sí se atreviera a hacerlo conmigo, cuando me vea un día de tantos vagando por la vida, ajeno a cualquier semilla de belleza que siempre está dispuesta a brotar ante nuestros ojos, por muy lejana que se nos prometa la primavera.

Sé perfectamente que tardaré en olvidar esa mañana de otoño en Zaragoza. La mañana en que el cierzo mecía con su habitual rudeza una hermosa partitura que Morricone compuso hace veinte años para el cine. Una mañana de tantas que, por la generosidad y el talento de dos músicos callejeros, acabó convirtiéndose en una escena que bien podría haber sido filmada en el paraíso.

 


Author of this article: Fernando Solera Asís

Escribir un comentario

Por favor:

-Escribe sobre el tema que trata la noticia
-No hagas SPAM
-Evita los insultos y el lenguaje soez

Tu E-MAIL no aparecerá publicado en ningún caso, ni se usará para nada que no sea gestionar los comentarios.


Código de seguridad
Refescar

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
Based on a work at bottup.com

.