Cuando la historia popular se queda sin memoria

Ciudadanía

( 8 Valoraciones ) Garbiñe Albizua Uriarte

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El pueblo riojano de Cornago se apiña sobre una ladera

Es como si los pueblos y las aldeas entraran en una demencia que les fuera dejando sin identidad

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Vista del castillo de Cornago desde el barrio antiguo
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La Iglesia de Cornago y sus campanas
La materia de la memoria son los recuerdos y su lugar, las personas. Pero hay pueblos que se van quedando sin gentes. Con cada nueva baja, se borra un pedazo de su historia. Es como si los pueblos y las aldeas entraran en una demencia que les fuera dejando sin identidad. Por eso, me agarro a testimonios como el de Amado. Cuando quiere destacar lo importante que fue su pueblo, recuerda. Entonces dice : “aquí en Cornago ha llegado a haber veintidós mil cabezas de ganado y tres mil vecinos”. Ahora apenas suman ochocientos.

Me lo encuentro volviendo del huerto. Pequeño, delgado, piel morena acartonada por el sol -es un hombre de campo-. Juega con el azadón mientras charlamos.

 

Me enseña la cantidad tremenda de alubia verde que hay este año.
“He estado arando esta mañana; ¿quiere verlo?”

Me lleva a otro pedazo de tierra más alejado. “¿Ve los surcos? -se enorgullece- los he hecho con el burro”.

Tiene ochenta y cuatro años. Vive solo -“aquí no estamos más que jubilados”- pero estos días tiene en casa a un nieto de Logroño. “El número uno en su promoción de ingeniería industrial”, y me lo cuenta apuntándose otro tanto.

La huerta de Amado está cerca de la ermita de San Blas, el santo protector de las gargantas. En Cornago, el seis de febrero, San Blas, se colocan un cordón rojo bendecido alrededor del cuello para protegerse de anginas, faringitis y resfriados.

Es la de San Blas una ermita románica, recién restaurada. “Dicen que fue la sinagoga, ya sabe -me aclara Amado- la iglesia de los judíos; cuando metimos la conducción del agua, descubrimos un montón de cadáveres. Yo ví -testifica con contundencia- los esqueletos enteros”.

Mientras lo narra guiña un ojo, por el sol, y me fijo en su nariz corva: ¡parece judía¡, tal vez lo sea. Si aquí estuvo el barrio de los judíos no es descabellado pensar que esté ante uno de sus descendientes.

Nada más despedirme de Amado empiezan a tocar las campanas. Me agradan, pero pronto me despiertan la curiosidad, porque no cesan de repicar. Descansan un momento y vuelven a comenzar, una y otra vez.

Una cornaguesa sale de su casa. “¿A qué tocan las campanas?” -le pregunto- “A muerto -me dice- traen de Logroño para enterrar a un vecino que ha sido guarda forestal”.

Me lo encuentro volviendo del huerto. Pequeño, delgado, piel morena acartonada por el sol -es un hombre de campo-. Juega con el azadón mientras charlamos.
había un vecino al que se le pagaban 68 reales al año, en el siglo XVIII, para que “tocase a nublado”, si se daba el caso
En el castillo ya se elaboraba rioja. Da prueba de ello la bodega que han dejado al descubierto las excavaciones (...) Bajo la tierra, no hay ruido, ni vibraciones, la temperatura y la humedad son constantes y eso le encanta al vino

La iglesia parroquial de San Pedro, donde será el funeral, está en lo alto del pueblo. Mientras asciendo entre callejuelas aprecio que el ritmo y el sonido , sin ser lúgubres, anuncian tristeza. Hubo un tiempo en Cornago que a campanadas se avisaba de casi todo. Lo más temido eran los nublados; había un vecino al que se le pagaban 68 reales al año, en el siglo XVIII, para que “tocase a nublado”, si se daba el caso. Al escucharlo, los cornagueses que estaban en el campo sabían que debían regresar a casa si no querían que les sorprendiese la tormenta.

Mucho más agradable debía resultar la llamada del campanario del convento de Campolapuente. Lo veo a lo lejos, en ruinas. Cada día, a golpe de campana, los frailes advertían de que el rancho estaba preparado para quienes no tenían otra cosa que llevarse a la boca. Pura caridad franciscana.

Lo más llamativo de Cornago es su castillo. El caserío trepa  por las laderas del cerro hasta llegar a la cumbre que coronan la iglesia y a su lado, el castillo. Tiene cuatro torres, todas distintas. Y un color dorado que se lo da la caliza y que alimenta ensoñaciones. Vaciaron el interior en el siglo XIX para usarlo como cementerio municipal. Ahora ya no es camposanto y las labores de restauración dan bastantes pistas de lo que fue aquella vida palaciega de la familia de los Luna, sus propietarios, y me viene a la cabeza Benedicto XIII, el Papa Luna, y el Condestable de Castilla, don Álvaro de Luna, miembros ilustres de esa familia. ¿Quizá algún día se pasaron por el castillo?

El suelo empedrado dibuja espigas que suman siglos. Y es fácil imaginar el sonido de unas rodadas contra la piedra, las de cualquier carro saliendo del castillo; quizá cargado de vino. En el castillo ya se elaboraba rioja. Da prueba de ello la bodega que han dejado al descubierto las excavaciones. Está el lagar donde se pisaban los racimos, y de ahí el zumo caía a otra pila de piedra más abajo, para en ese viaje gravitatorio irse desprendiendo del hollejo.

Y luego, las escaleras talladas en la roca para ir descendiendo hacia las entrañas de la tierra: es la bodega, el calado o “calao”, simplemente, como llaman en esta tierra del vino a las oquedades que se excavan para conservar los caldos. Bajo la tierra, no hay ruido, ni vibraciones, la temperatura y la humedad son constantes y eso le encanta al vino. La paz que almacena un “calao” aún se advierte en la bodega del castillo. Hay unos bancos de piedra donde se apoyaban las tinas y barricas y donde seguramente se sentaron algunos hombres del castillo para velar los procesos por los que el mosto acaba en vino, y para tomarse un trago cualquier tarde en la que apeteciera charla y compañía.

Me vuelvo a acordar de Amado, el hombre del huerto, con el que charlé al principio. Lo imagino de niño jugando a caballeros y vasallos, trepando por los lienzos de la muralla y alimentando fantasías.  Y lo intuyo por el gesto infantil con el que me apercibió cuando le dije que iba al castillo: “Dicen que hay un túnel que atraviesa el pueblo para que escapara el señor del castillo en caso de asedio”. Yo tampoco lo encontré. Pero sí descubrí un tesoro: el que guardan algunas memorias y que en un desafío, seguramente idiota, trato de conservar entre estas líneas.

 



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Author of this article: Garbiñe Albizua Uriarte

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