Escrito por Fernando Solera Asís Martes, 24 de Junio de 2008 04:40


Casillas, una vez más el héroe de la selección
Aquellos equipos que salen a jugar podrán
ganar o perder, pero si divirtieron y se divirtieron, jamás se
marcharán con las manos completamente vacías. España es hoy uno de esos
equipos.
Opinión
Opinión
Cuando eres niño y juegas en el patio de tu colegio, sueñas con
ganar partidos tan decisivos como el del domingo. Sueñas con la gloria,
con levantar una copa ajena al botellón, con poder contar un día a tus
nietos alguna gesta menos trágica que la batalla del Ebro con que te
torturaba el abuelo. Y es que una guerra siempre será más trágica que
una partido, por mucho dramatismo que artificialmente le quieran
imprimir los periodistas (hola, Iñaki).
Casillas, ese portero con pinta de chico normal y marido que todas las madres querrían para sus niñas, hizo realidad esos sueños de infancia, en su caso una vez más. Quizá será porque los buenos no creen en los gafes ni en las supersticiones, y porque en su niñez, que como la de todos nos marca para el resto de nuestras vidas, aprendió a ganar viendo los cinco Tours de Induráin y las decenas de medallas españolas en los Juegos Olímpicos. Así como en los últimos años también está viendo triunfar a compatriotas como los Nadal, Gasol, Alonso, Contador, etc. Casillas, al igual que los citados deportistas, se ha permitido soñar con cosas buenas, y los sueños, pese a lo que dijese Calderón, pueden acabar haciéndose realidad.
La selección española de fútbol es la segunda más joven de esta Eurocopa y, por ende, la segunda menos maleada. Luis Aragonés, conocedor de que en una semana dejará de ser seleccionador, ha querido morir con sus ideas, arrepentido de haberse sido infiel en el pasado mundial contando contra su voluntad con algún díscolo veterano. Por eso esta vez ha dejado en España a algunas vacas sagradas que, aunque sigan siendo futbolistas de primer nivel, son incapaces de asumir que las nuevas generaciones también tienen derecho a ser elegidos para la gloria. Por eso es sintomático que al finalizar el partido contra Italia, la mayoría de los jugadores destacaran la hermandad que reinaba en el grupo.
Por otra parte, tampoco debemos olvidar que, pese a la tensión vivida hace pocas horas, el fútbol es un juego, y por tanto su mayor finalidad tendría que ser la diversión. Aquellos equipos que salen a jugar podrán ganar o perder, pero si divirtieron y se divirtieron, jamás se marcharán con las manos completamente vacías.
España es hoy uno de esos equipos. Una plantilla que en las horas previas al partido, apenas podía contener al niño que todos llevamos dentro, como comprobamos mientras paseaban por los alrededores del hotel: dos de nuestros mejores jugadores, Villa y Xavi, ajenos a la tensión, jugaban centrándose mutuamente una pelotita que encontraron en su paseo matinal. Ese gesto, intrascendente para muchos, recuerda al que cuentan de los muchachos de Pepu (siempre serán de Pepu), pues de ellos dicen que no desaprovechan ocasión para echar unas canastas fuera de las canchas oficiales. Juegan, disfrutan, se divierten y ahora, además, ganan. La reostia.
Cesc Fábregas confesó tras el partido las palabras que musitó justo antes de lanzar el penalty, y que por televisión eran ininteligibles: "Tengo que demostrar que puedo", "Tengo que demostrarlo". Un chico de veintiún años convenciéndose de que podía acabar de un plumazo con tanta chorrada de maleficio, tirándolo como él sabe. Y fue gol. Lo que él soñaba desde sus años escolares, lanzar (¡y marcar!) el penalty decisivo, se hizo realidad. Enhorabuena a toda la selección porque nos han hecho felices. Ya sé que es pan y circo pero, ¿qué sería de la vida si también perdiésemos la capacidad de soñar?
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Aragonés, que en una semana dejará de ser seleccionador, ha querido
morir con sus ideas, arrepentido de haberse sido infiel en el pasado
mundial contando contra su voluntad con algún díscolo veterano
Ya sé que es pan y circo
pero, ¿qué sería de la vida si también perdiésemos la capacidad de
soñar?
Casillas, ese portero con pinta de chico normal y marido que todas las madres querrían para sus niñas, hizo realidad esos sueños de infancia, en su caso una vez más. Quizá será porque los buenos no creen en los gafes ni en las supersticiones, y porque en su niñez, que como la de todos nos marca para el resto de nuestras vidas, aprendió a ganar viendo los cinco Tours de Induráin y las decenas de medallas españolas en los Juegos Olímpicos. Así como en los últimos años también está viendo triunfar a compatriotas como los Nadal, Gasol, Alonso, Contador, etc. Casillas, al igual que los citados deportistas, se ha permitido soñar con cosas buenas, y los sueños, pese a lo que dijese Calderón, pueden acabar haciéndose realidad.
La selección española de fútbol es la segunda más joven de esta Eurocopa y, por ende, la segunda menos maleada. Luis Aragonés, conocedor de que en una semana dejará de ser seleccionador, ha querido morir con sus ideas, arrepentido de haberse sido infiel en el pasado mundial contando contra su voluntad con algún díscolo veterano. Por eso esta vez ha dejado en España a algunas vacas sagradas que, aunque sigan siendo futbolistas de primer nivel, son incapaces de asumir que las nuevas generaciones también tienen derecho a ser elegidos para la gloria. Por eso es sintomático que al finalizar el partido contra Italia, la mayoría de los jugadores destacaran la hermandad que reinaba en el grupo.
Por otra parte, tampoco debemos olvidar que, pese a la tensión vivida hace pocas horas, el fútbol es un juego, y por tanto su mayor finalidad tendría que ser la diversión. Aquellos equipos que salen a jugar podrán ganar o perder, pero si divirtieron y se divirtieron, jamás se marcharán con las manos completamente vacías.
España es hoy uno de esos equipos. Una plantilla que en las horas previas al partido, apenas podía contener al niño que todos llevamos dentro, como comprobamos mientras paseaban por los alrededores del hotel: dos de nuestros mejores jugadores, Villa y Xavi, ajenos a la tensión, jugaban centrándose mutuamente una pelotita que encontraron en su paseo matinal. Ese gesto, intrascendente para muchos, recuerda al que cuentan de los muchachos de Pepu (siempre serán de Pepu), pues de ellos dicen que no desaprovechan ocasión para echar unas canastas fuera de las canchas oficiales. Juegan, disfrutan, se divierten y ahora, además, ganan. La reostia.
Cesc Fábregas confesó tras el partido las palabras que musitó justo antes de lanzar el penalty, y que por televisión eran ininteligibles: "Tengo que demostrar que puedo", "Tengo que demostrarlo". Un chico de veintiún años convenciéndose de que podía acabar de un plumazo con tanta chorrada de maleficio, tirándolo como él sabe. Y fue gol. Lo que él soñaba desde sus años escolares, lanzar (¡y marcar!) el penalty decisivo, se hizo realidad. Enhorabuena a toda la selección porque nos han hecho felices. Ya sé que es pan y circo pero, ¿qué sería de la vida si también perdiésemos la capacidad de soñar?
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