Danubio Azul

( 34 Valoraciones ) CESAR ALFONSO VANEGAS GONZALEZ


Un lugar y una historia paradójicos, donde lo que corre dista mucho de ser el agua del gran río europeo

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Foto: César Alfonso
María Teresa grita desde la piedra del ahorcado, y Rosa y Gilberto miran hacia arriba y sonríen. Ya sus rostros de niños madurados a la fuerza no se sorprenden y sus gestos no reniegan. Saben que deben volver a subir los 300 metros desde la falda de la escarpada montaña, rodearla, serpentear entre pedriscos y polvo, recoger los destartalados baldes, dos cada uno,  espantar las muestras de cariños de sus cuatro perros que parados en sus patas traseras son mucho más altos que ellos y regresar por el mismo camino a donde escucharon que su mamá los llamaba.
María Teresa Moncada es uno de los miles de habitantes de la localidad de Usme, en Bogotá, D.C. Llegó a este deprimido sector porque, como ella misma dice “A una la va llamando la voz de Dios, entonces toca ir acercándose al cielo”

María Teresa Moncada es uno de los miles de habitantes de la localidad de Usme, en Bogotá, D.C. Llegó a este deprimido sector porque, como ella misma dice “A una la va llamando la voz de Dios, entonces toca ir acercándose al cielo” y sonríe dejando ver los pocos dientes que le quedan aunque es una mujer aún joven. La verdad es que María Teresa es parte, es triste decirlo así, de la cifras de desplazados que provenientes de remotos lugares del país buscaron refugio en la capital y ahora deben sobrevivir “a empujones”.

Aunque el barrio ya está legalizado, la mayoría de las zonas aledañas no cuentan con los servicios públicos básicos y muchos, especialmente mujeres y niños, bajan a abastecerse de agua a un barrio cercano
Su predio no es legal: “solo me vine con los pelaos y construimos el ranchito en un pedacito que no estaba ocupado, luego don Víctor nos regaló las tejas de cinc y ahí vamos, ya tenemos hasta patio trasero” (muestra un espacio de unos 2 metros cuadrados, cercados con trozos de sillas y botellas plásticas). Por supuesto, no cuenta con servicios públicos, como la mayoría de sus vecinos. “La luz  (energía) no es tan importante porque tampoco hay qué conectar” (suelta una gran carcajada). “Yo creo que si no fuera por el agua esto sería hasta bonito ¿no le parece?”.

 

Aunque el barrio ya está legalizado, la mayoría de las zonas aledañas no cuentan con los servicios públicos básicos y muchos, especialmente mujeres y niños, bajan a abastecerse de agua a un barrio cercano, donde han descubierto una tapa en el piso que levantan para luego lanzar los baldes atados a un largo lazo y como pescadores del mar Caribe recogen su atarraya con la rica carga.

Por supuesto, nada es fácil aquí, la corriente de aguas subterráneas que nadie sabe si son limpias o no, aunque “se ve blanquita, como agua pura”, también es usada por decenas de taxistas que aprovechan el lugar para lavar sus carros. La fila entonces se alarga cuando ellos están allí y la romería es interminable, día y noche.

Rosa y Gilberto esperan atentos a que les presten los recipientes que nadie sabe de quién son pero que siempre están dispuestos para quien los quiera utilizar, es un rito conocido, familiar. Lanzan la red, hacen una serie de eses con la cuerda, esperan uno segundos, recogen y vierten el líquido en sus baldes raídos por el tiempo y el trajín, cuyo fin primero fue contener pintura para alguno de los albañiles que parecieran ser mayoría en Danubio Azul.


La paradoja

Los niños llegan cansados, “colorados” y sudando. María Teresa recibe el agua, la acumula en una batea construida con la mitad de un tanque de metal y comienza a lavar unas camisas

Danubio Azul debería ser la acepción de paradoja. No es el enorme río que recorre Europa, ni el célebre vals de Johann Strauss, ni esto es Viena. Es simplemente un triste barrio perdido en una desordenada pendiente con más problemas que soluciones, con la mayor tasa de homicidios de la Localidad de Usme y donde la gente sobrevive del “rebusque”, que no es otra cosa que vivir el día a día con la esperanza de poder comer.

Una vez más los niños bajan la pendiente, Gilberto se resbala y cae. María Teresa finge un dejo de desinterés por lo ocurrido y grita mirando para otro lado:” ¡No es que ahora se vaya a caer de para arriba porque pierde el viaje y se termina de tirar el balde!”

¿Y qué es el agua para usted? Mi pregunta de periodista imbécil. Y la respuesta que parece un lugar común no es otra cosa que la verdad profunda: “para mí el agua es vida”. María Teresa –y la paradoja continúa- nació en Buenaventura, frente al mar Pacífico, en las costas colombianas, fue pescadora como su papá y abandonada, como su mamá. Gran nadadora de aguas pesadas, de mil ríos por todo el país, que recorrió de la mano de algún amor y que “por fortuna solo me hicieron 2 pelaos”.

Antes de llegar a Bogotá vivió en Puerto Leguízamo, a orillas del caudaloso río Putumayo, allí, recuerda, “lavaba la ropita en el río, no porque no tuviera lavadero en la casa sino porque me gustaba el aire libre y por la mañanas pasaban las bandadas de loritos y ni me daba cuenta a qué horas terminaba”.

Los niños llegan cansados, “colorados” y sudando. María Teresa recibe el agua, la acumula en una batea construida con la mitad de un tanque de metal y comienza a lavar unas camisas. “La gente no sabe lo que tiene, yo con este tris de agua lavo toda la ropa y hasta me sobra para espantarme los zancudos de las piernas” (una vez más suelta su carcajada).

“Para comer toca hervirla bien porque dicen que eso trae hasta mierda pequeñita pequeñita”. Una vez más los niños bajan la pendiente, Gilberto se resbala y cae. María Teresa finge un dejo de desinterés por lo ocurrido y grita mirando para otro lado:” ¡No es que ahora se vaya a caer de para arriba porque pierde el viaje y se termina de tirar el balde!”.

Soñando con un grifo

El sueño de María T, como dicen sus vecinos, es tener un grifo pegado en la pared, por donde salga agua de vez en cuando, pero ni siquiera se percata de que su rancho  no cuenta con un muro, son cuatro latas metálicas que antes fueron tejas de alguna verdadera casa. No quiere ir a Europa, conocer al Presidente o conquistar un nuevo amor (“claro que si se puede…”), quiere que sus hijos dejen de bajar y  subir con los benditos baldes que dibujan hormiguitas de agua por la endiablada ruta. Y dejar de hacerlo ella, que se encarga del trabajo cuando los pequeños están en el colegio.

María Teresa Moncada no sabe y quizá tampoco le interese saber, que su país está entre los que poseen mayor cantidad de agua potable y más ríos

María Teresa Moncada no sabe y quizá tampoco le interese saber, que su país está entre los que poseen mayor cantidad de agua potable y más ríos; qué le va a interesar si a ella no le toca nada. Si tuviera un muro y en ese muro hubiese un grifo y de ese grifo brotara agua, la vida sería diferente. Podría dedicarse a otras labores o incrementar el tiempo en su jornada de trabajo vendiendo toallitas para manos en las esquinas de los semáforos. Posiblemente se sentaría, más tranquila, en la piedra del ahorcado a ver a sus hijos jugar o les contaría cómo se tiene equilibrada una canoa mientras se lanza la atarraya y mil historias del mar, del río Putumayo y sus magníficos delfines rosados que por allá llaman bufeos, del caimán negro, de la enorme danta que gira sobre sí misma cuando nada, de cómo Dios creó el río Putumayo…Rosa abriría sus enormes ojos con sorpresa y Gilberto lo pondría todo en duda.


El agua es vida

Pero mientras el tiempo del muro y del grifo llega, María T continúa su labor, hierve un poco del agua de la que conoce poco, pues cómo saber de donde sale y cuál es su destino, solo que parece limpia y que si no fuera por esa tapa de alcantarilla la situación tendría un tinte más complejo. Con este líquido que se acarrea todo el día todos los días, riega sus cuatro plantas (“me robé unos tallitos cerca a la iglesia y mire lo bonito que nacieron”), baña cada dos meses a sus cuatro perros, lava los trastes y la ropa, ella y los niños se bañan casi en la calle y algunas noches calienta un poco para meter sus pies cansados del agite diario que también ha destrozado su espalda y sus riñones.

Rosa y Gilberto no recuerdan cuántos viajes han hecho en este día, se toman de la mano y comienzan el descenso, María Teresa vuelve a sonreír como si fuera feliz, ríe estruendosamente, mete su mano derecha a la batea del agua y luego se la pasa por la nuca y el cuello, como en un extraño rito. “Para mí el agua es vida”, lo dicen todos los textos que quizá María Teresa no llegue a leer nunca, lo enseñan en la escuela pública a donde los niños asisten cada día, pero sólo lo puede saber, perfectamente, ella, que la disfrutó “al natural y sin pagar un peso” ¿La vida o el agua? Sonríe. “Bueno, las dos cosas, porque las dos las he tenido y las he sufrido, claro que ahora prefiero mil veces el agua a un buen marido”.

“No tener agua es muy jodido, la gente que la tiene pues la malgasta, no saben lo que una tiene que sufrir, como dice la canción: qué saben ellos de amores si nunca los han tenido”. Y su carcajada baja desde la piedra del ahorcado y se riega por el Danubio Azul, como agua.


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Esta noticia concursa en el I Premio  Periodista Ciudadano en la categoría de: Medio Ambiente y Cambio Climático


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Author of this article: César Alfonso Venegas

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