Nodo libre
Pequeñas cosasEscrito por Cesar Alfonso Venegas Lunes, 12 de Mayo de 2008 20:14

A veces hay cosas inanimadas que nos abren la puerta hacia lugares que creíamos olvidados
Opinión
La indicación era clara. Mi papá quería una butaca en la que
nos pudiéramos subir para alcanzar los elementos de oficina situados en un
aparador alto. Me dijo que buscara algo bonito, que fuera presentable y que
no chillara con la decoración de la oficina.
Sin más datos resolví visitar el memorable Pasaje Rivas, en
el centro de Bogotá. Quería encontrar el mueble que solicitaba mi papá y
además, demostrar que podía hacer una buena compra. Tras mucho ver y
cotizar, encontré lo que buscaba. Vi una butaca elegante, robusta, barnizada y
con un estilo que no había visto nunca. La compré.
Mi papá asumió la costumbre de fracasar en cada negocio
emprendido y ese, que hasta ahora iniciábamos no fue la excepción. Se hizo
necesario acarrear todos los trastos a la casa de mis padres, donde yo también
acababa de regresar después de haber salido muy joven.
Tiempo después, una vez más decidí salir de la casa de mis
padres, un nuevo amor me invitaba a seguir un camino de alguna manera conocido.
Bueno, también ayudaron las palabras de mis padres que con indirectas me decían
que iba siendo como hora de dejar la casa (un hombre de 31 años comprende muy
bien esas cosas).
Ese día me esperaba en el primer piso una camioneta Ford de
los años sesenta y la víctima de esa segunda oportunidad de vida en pareja. Una
a una saqué mis cajas de libros, mi cama que realmente era de mi hermana, mi
afiche de Gómez Jattin y mis revistas. El cuarto quedó vacío y triste como
cuando alguien muere. Eché el último vistazo. Descubrí nuevas manchas en el
viejo tapete. Sólo quedaba la butaca aquella que por no ser mía arrinconé.
Me despedí fríamente de mis padres, pensando que ya jamás
podría regresar para quedarme, que esa casa no me vería más como habitante.
Cuando estaba por el tercer piso mi mamá me llamó desde el quinto. Jamás
olvidaré lo que me dijo esa mañana. Extrañada, inquieta y con una dulzura poco
común en su voz me preguntó: ¿Y no se va a llevar su silla?
En ese momento una mezcla intensa de sentimientos y
recuerdos se juntaron con mi gastritis aguda.
Para mí es pregunta no significaba sólo que me había ganado el mueble, lo
traduje en la preocupación que ella tenía acerca de mi nueva vida, que yo era
importante para ella y que a pesar de tantas dificultades siempre me apoyaría.
Con una tranquilidad fingida dije: ¡Ah, sí se me olvidaba!
Y tomé la silla por las patas y me la cargué al hombro. Bueno, chao". Como pude
alcancé la puerta para escapar de una escena de llanto muy propia de mi madre y
su hijo. El aguante concluyó en el segundo piso, fue inevitable: una lágrima
atropelló mi rostro, luego la siguieron otras.
Hoy ese recuerdo se ha convertido en una escena patética de
un hombre con una butaca en el hombro, comenzando una vida nueva y llorando por algo de lo que no
era verdaderamente consciente.
Hace poco tiempo se planeó un almuerzo en mi casa con
algunos amigos, y ante la falta de asientos en el comedor debimos recurrir a lo
que hubiese a la mano. Diana apareció con la butaca. Diego preguntó por ella.
Sólo en ese momento descubrí que seguía conmigo, que aunque todos los días la
corro para que no estorbe el paso, nunca la veo.
Sólo ese día, recreando la historia de la butaca fea, hice
conciencia de todo lo que ésta trae, como una ventana hacia una realidad que a
veces olvido.
Si ésta fuera un perro quizá esta noche me podría de
rodillas y la abrazaría, pero para evitar que Diana ponga en entredicho mi
salud mental quizá sólo la mire y le sonría en silencio. Ella se quedará
callada, como sucede con las sillas, pero los dos sabemos que no es sólo un
pedazo de madera, si no que hace parte de esas pequeñas cosas, que como dice la
canción de Serrat, hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
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