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Letras contra la pobreza
Enfermera sonrisa
Letras contra la pobreza
Enfermera sonrisaÚltima actualización en Domingo, 08 de Julio de 2007 09:58 Escrito por Ana María Roncero Medina Domingo, 08 de Julio de 2007 09:48


Un niño es atendido en la enfermería de la escuela Santa Clara
Primeros contactos con la realidad de 'Tegus', como sus habitantes llaman cariñosamente a Tegucigalpa
Viene de: Bautismo de fuegoEl viernes 6 de julio comencé a visitar dos de las decenas de proyectos de ACOES ( www.acoes.org): las escuelas de Santa Teresa (fundada en 2002) y Santa Clara (1999), en las que se escolariza a 3.048
alumnos, y que se completan con el Kinder Montserrat,
para atender los más chiquitines. Después de conocer al equipo
directivo, encabezado por Patricia Lagos y con el que nos reunimos
algunos de los voluntarios españoles (gente fantástica de Barcelona,
Pamplona, Bilbao, Madrid, Valencia...), colaboramos en lo que surgía.
Desde descargar un camión de alimentos venidos desde Canadá y organizar el dispensario de medicamentos, hasta ordenar la biblioteca, jugar un partido de fútbol o pasar consulta a alumnos y algunos adultos.
Varios de los españoles, como Luis y Carlos, son estudiantes de Medicina a los que ayudé a atender a los niños y algunos adultos, sobre todo aquejados de fiebre (que aquí llaman calentura), dolor de garganta, sangrado nasal, heridas o cortes superficiales. Para mí fue la mejor experiencia del día, pues puedes platicar con ellos sobre sus vidas mientras que les pones el termómetro o les coges de la mano. Y al final sabes que se llevan dos medicinas a casa: el analgésico, el antibiótico o la cura, y una sonrisa. Verles a la salida no tiene precio.
Benigno Flores, uno de los pacientes, nos contó que trabaja duro fabricando hamacas (mucho más duro desde que le asaltaron y robaron, por cierto) para sacar adelante a sus cuatro hijos (conocimos a Moisés, el pequeño), ya que su mujer le abandonó hace cuatro meses porque era alcohólico.
También me estrené en los dos transportes más utilizados en Tegus (así llaman cariñosamente a Tegucigalpa sus habitantes): el autobús y el carro. Los primeros son idénticos a las grandes camionetas amarillas que se utilizan para el transporte escolar en Estados Unidos (y que seguramente habréis visto, si no al natural, al menos en alguna película), tienen dos filas de asientos para dos personas cada uno, sortean los baches y las cuestas (de ambos hay muchos) con una maestría admirable y atronan por donde pasan con el reggaeton a toda máquina.
El carro, o sea el coche, es una furgoneta con el maletero al aire libre, que llaman paila, donde el viernes por la mañana llegamos a viajar hasta 12 personas. Una experiencia un poco dolorida por los baches, pero inigualable por las vistas, sobre todo subiendo y bajando del barrio Nueva Capital, uno de los más pobres.
Me quedan muchas cosas en el tintero, casi no alcanzo a expresarlo todo, pero quedan muchos días, así que ahorita no se me apuren. ¡Volveré a escribir la semana que viene!
Varios de los españoles, como Luis y Carlos, son estudiantes de Medicina
a los que ayudé a atender a los niños y algunos adultos, sobre todo
aquejados de fiebre (que aquí llaman calentura), dolor de garganta,
sangrado nasal, heridas o cortes superficiales
Varios de los españoles, como Luis y Carlos, son estudiantes de Medicina a los que ayudé a atender a los niños y algunos adultos, sobre todo aquejados de fiebre (que aquí llaman calentura), dolor de garganta, sangrado nasal, heridas o cortes superficiales. Para mí fue la mejor experiencia del día, pues puedes platicar con ellos sobre sus vidas mientras que les pones el termómetro o les coges de la mano. Y al final sabes que se llevan dos medicinas a casa: el analgésico, el antibiótico o la cura, y una sonrisa. Verles a la salida no tiene precio.
Benigno Flores, uno de los pacientes, nos contó que trabaja duro fabricando hamacas (mucho más duro desde que le asaltaron y robaron, por cierto) para sacar adelante a sus cuatro hijos (conocimos a Moisés, el pequeño), ya que su mujer le abandonó hace cuatro meses porque era alcohólico.
También me estrené en los dos transportes más utilizados en Tegus (así llaman cariñosamente a Tegucigalpa sus habitantes): el autobús y el carro. Los primeros son idénticos a las grandes camionetas amarillas que se utilizan para el transporte escolar en Estados Unidos (y que seguramente habréis visto, si no al natural, al menos en alguna película), tienen dos filas de asientos para dos personas cada uno, sortean los baches y las cuestas (de ambos hay muchos) con una maestría admirable y atronan por donde pasan con el reggaeton a toda máquina.
El carro, o sea el coche, es una furgoneta con el maletero al aire libre, que llaman paila, donde el viernes por la mañana llegamos a viajar hasta 12 personas. Una experiencia un poco dolorida por los baches, pero inigualable por las vistas, sobre todo subiendo y bajando del barrio Nueva Capital, uno de los más pobres.
Me quedan muchas cosas en el tintero, casi no alcanzo a expresarlo todo, pero quedan muchos días, así que ahorita no se me apuren. ¡Volveré a escribir la semana que viene!
El artículo en imágenes
![]() Niños de Tegucigalpa | ![]() |
![]() Niños de la escuela Santa Teresa | ![]() Ana con los niños de la escuela Santa Teresa |
![]() En una clase de la escuela | ![]() Niños de la escuela de Santa Teresa |
Artículos anteriories de la serie 'Letras contra la pobreza':
Bautismo de fuego
Aprendiz de voluntaria
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Aprendiz de voluntaria
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Author of this article: Ana María Roncero Medina
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