Pakistán, una rebelión en el califato de Musharraf

( 9 Valoraciones ) John Joseph Kenneth Bonham

Análisis

Pakistán es la línea de contención del islamismo pero, al tiempo representa el lugar donde Al Qaeda vive y donde la dictadura militar tiene mayor poder en el mundo.

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Musharraf dirige Pakistán desde 1999
Es una potencia nuclear. La cercanía de EE UU al régimen del general Musharraf le reporta no pocos beneficios, pero el radicalismo creciente amenaza con que el terrorismo pueda hacerse con el poder. ¿Es el próximo Irak de Sadam Husein o quizás la materialización en país de Osama Bin laden?

Pakistán vive en el centro del radicalismo islámico. La inexistente y controvertida línea Durand que separa Pakistán y Afganistán es el reducto y el escondrijo de la plana mayor de Al Qaeda, al amparo de los avatares políticos e históricos de la zona tanto en el pasado como en el más reciente presente, que ha obligado a alianzas y a desencuentros dirigidos por potencias extranjeras: el Reino Unido en el pasado, EE UU en el presente.

El dictador de Pakistán, Pervez Musharraf, ha jugado, desde su posición de potencia nuclear y geoestratégica, a ponerle una vela a Dios y otra al diablo aliándose con EE UU y, al tiempo, viviendo una extraña connivencia/convivencia con Al Qaeda. Ese juego de malabares tras el 11-S le ha traído suculentas ventajas en la zona, y le ha convocado, frente a EE UU, como el mayor aliado del país norteamericano entre los países islámicos al oeste de Arabia Saudí frente al radicalismo iraní y las potencias rusa y china.

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Viñeta de Nicholsoon Cartoons (trad: Bottup)
Pakistán ha alentado a los extremistas que atentaron en septiembre y febrero pasados en India, actuando se bastión del sunnismo frente al chiismo iraní. La lucha pendiente con India, siempre en la sombra de la guerra, es su hito para la posesión de la temible 'bomba del islam'. En frente los gigantes India, China e incluso Rusia observan como EEUU crea un nuevo monstruo, al estilo Sadam o Bin laden del que esperemos no tengamos que arrepentirnos mañana.

El inmóvil régimen pakistaní se enfrenta a una "gran oposición" islamista que se añade a la efervescencia independentista de Baluchistán: En el pasado el islamismo de las madrasas era favorecido por el régimen mediante guiños interesados. Hoy ese matrimonio o convivencia agria se tensa mediante la convocación de una huelga general y la solicitud, perenne, de adoptar la Sharia como ley dominante y predominante.

El detonante de toda esta crisis larvada es el intento de destitución del la presidente de la Corte Suprema, Iftikhar Chaudhry en marzo pasado debido a la oposición a la política autoritaria de Musharraf y la intención de eternizarse en el gobierno. Detrás de todo esto y con los antecedentes antes descritos parece que el apoyo del estamento militar, sobre el que se asienta el poder de Pakistán, se tambalea en un páis que vive en una crisis pospuesta pero no eliminada.

Una desestabilización de Pakistán, al estilo Irak, dejaría el conflicto de Bagdad en pequeño al tiempo que desestabilizaría las balanzas del Islam y el frágil equilibrio en la frontera Indio-pakistaní, por donde transcurre el gasoducto de la paz desde Irán y Pakistán a India, expandiendo, en caso de un Pakistán débil, el poder de Irán y del Islam más radical hacia India y China y Rusia, con los que tiene tratados energéticos favorables. Todo ello sin contar con el peligro nuclear subyacente de la 'bomba del Islam' pakistaní.

La secuencia de asesinatos "convenientes" al poder, como el último de Karachi con 42 victimas, mediante sus milicias paramilitares afines junto con decisiones injustas y, de nuevo, favorables al gobierno de Musharraf ha llegado a indignar a la sociedad pakistaní que se levanta, ahora, unido por la argamasa del islamismo. La huelga paralizó las mayores ciudades del país, Rawalpindi, Islamabad, Lahore, Peshawar y corta las mayores vías de comunicación. El poder de Musharraf decae mientras busca apoyo en lo que será su némesis: el radicalismo.

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Viñeta

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