Escrito por John Joseph Kenneth Bonham Domingo, 17 de Junio de 2007 09:59

Análisis
Pakistán es la línea de contención del islamismo pero, al tiempo representa el lugar donde Al Qaeda vive y donde la dictadura militar tiene mayor poder en el mundo.

Musharraf dirige Pakistán desde 1999
Pakistán vive en el centro del radicalismo islámico. La inexistente y controvertida línea Durand que separa Pakistán y Afganistán es el reducto y el escondrijo de la plana mayor de Al Qaeda, al amparo de los avatares políticos e históricos de la zona tanto en el pasado como en el más reciente presente, que ha obligado a alianzas y a desencuentros dirigidos por potencias extranjeras: el Reino Unido en el pasado, EE UU en el presente.
El dictador de Pakistán, Pervez Musharraf, ha jugado, desde su posición de potencia nuclear y geoestratégica,
a ponerle una vela a Dios y otra al diablo aliándose con EE UU y, al
tiempo, viviendo una extraña connivencia/convivencia con Al Qaeda. Ese
juego de malabares tras el 11-S le ha traído suculentas ventajas
en la zona, y le ha convocado, frente a EE UU, como el mayor aliado del país norteamericano entre los países islámicos al oeste de Arabia Saudí frente al
radicalismo iraní y las potencias rusa y china.

Viñeta de Nicholsoon Cartoons (trad: Bottup)
El inmóvil régimen pakistaní se enfrenta a una "gran oposición" islamista que se añade a la efervescencia independentista de Baluchistán: En el pasado el islamismo de las madrasas era favorecido por el régimen mediante guiños interesados. Hoy ese matrimonio o convivencia agria se tensa mediante la convocación de una huelga general y la solicitud, perenne, de adoptar la Sharia como ley dominante y predominante.
El detonante de toda esta crisis larvada es el intento de destitución del la presidente de la Corte Suprema, Iftikhar Chaudhry en marzo pasado debido a la oposición a la política autoritaria de Musharraf y la intención de eternizarse en el gobierno.
Detrás de todo esto y con los antecedentes antes descritos parece que
el apoyo del estamento militar, sobre el que se asienta el poder de
Pakistán, se tambalea en un páis que vive en una crisis pospuesta pero no eliminada.
Una desestabilización de Pakistán, al estilo Irak, dejaría el conflicto de Bagdad en pequeño al tiempo que desestabilizaría las balanzas del Islam y el frágil equilibrio en la frontera Indio-pakistaní, por donde transcurre el gasoducto de la paz desde Irán y Pakistán a India, expandiendo, en caso de un Pakistán débil, el poder de Irán y del Islam más radical hacia India y China y Rusia, con los que tiene tratados energéticos favorables. Todo ello sin contar con el peligro nuclear subyacente de la 'bomba del Islam' pakistaní.
La secuencia de asesinatos "convenientes" al poder, como el último de Karachi con 42 victimas, mediante sus milicias paramilitares afines junto con decisiones injustas y, de nuevo, favorables al gobierno de
Musharraf ha llegado a indignar a la sociedad pakistaní que se levanta,
ahora, unido por la argamasa del islamismo. La huelga paralizó las
mayores ciudades del país, Rawalpindi, Islamabad, Lahore, Peshawar y corta las mayores vías de comunicación. El poder de Musharraf decae mientras busca apoyo en lo que será su némesis: el radicalismo.
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