Escrito por John Joseph Kenneth Bonham Domingo, 29 de Abril de 2007 08:45

Análisis
Ecuador tras las elecciones plebiscitarias que dan al presidente Rafael Correa la posibilidad de modificar la constitución avanza hacia un autoritarismo caribeño-criollo-andino al estilo de Chávez. Ecuador sufre estos embates de influencia con una brecha en su población que es peligrosa.

Rafael Correa
Estos diputados fueron luego repuestos en su lugar por el Tribunal Constitucional, con lo que existe confusión en los congresos del Ecuador pero ésta no ha dificultado el avance de los propósitos de Correa.
El Presidente convocó el referendo sobre la modificación de la constitución y lo ganó. Las urnas han reflejado en este hecho plebiscitario el apoyo sin fisuras para cambiar la constitución y, con ello, el método de interrelacionarse las fuerzas ideológicas y los partidos.
Por si fuera poco el debilitamiento del legislativo, al eliminar a parte de los diputados opositores, también la justicia se hace más endeble al defenestrar a nueve vocales del Tribunal Constitucional.

Partidarios de la reforma en Ecuador
El hecho de que sean depuestos algunos congresistas, y con ellos vaciado de contenido el concepto de representación para buscar o lograr un hecho político trascendente, lleva a pensar el extraño concepto democrático que existe en Ecuador. Los gobernantes no "poseen" el país, ni siquiera en préstamo, sino que administran una confianza popular. Si el gobernante intenta modificar el peso de la oposición, o la oposición negar al sistema como negación al gobernante, se incurre en un pecado de lesa democracia.
Ese es el primer paso de Rafael Correa niega a la democracia al negar a la oposición. Las elecciones, los plebiscitos, las votaciones y referendos parecen el summun democrático, pero es sólo un sacudirse las reglas aceptadas para crear otras, más beneficiosas para su ejecutoria del poder. A partir de septiembre creará una Asamblea Constituyente acólita que negará los favores a la oposición, que por muy antigua o envenenada de la sacudida vida política pasada ecuatoriana tiene derecho a hablar y decidir.
Si el gobernante intenta modificar el peso de la
oposición, o la oposición negar al sistema como negación al gobernante, se
incurre en un pecado de lesa democracia
Con una pobreza aplastante, con
la emigración como fenómeno social aceptado, una educación que colapsa y una
sanidad muy deficitaria, el cambio es necesario, pero ¿es necesario el cambio de
sistema para lograrlo?, ¿no acerca al autoritarismo y a la falta de respeto por
el sistema este cambio? Rafael
Correa parece seguir un guión que se
escribe día a día en Caracas. Lo próximo: el acoso a los medios de
comunicación y la nacionalización más o menos oculta.A veces se olvida que la democracia comienza no en la urna, sino en la aceptación del sistema electoral que se basa en el sistema de leyes y entre ellas, y por encima, la Constitución. Cambiar la Constitución es como cambiar el país y esto genera desconcierto, falta de seguridad jurídica y crísis económica, además de asaltar las tentaciones de cambiar a la fuerza.
Entre reformas y revoluciones, siempre mejor las primeras ya que las segundas sólo implican un cambio de élites con un baño de sangre, o de exilios, como en apariencia ya se empiezan a dar.
Ecuador debería tomar ejemplo de
la más antigua democracia parlamentaria del mundo, la británica, que se rige
por usos y costumbres que ni siquiera están escritos
Estos cambios, deposiciones o
acosos denotan una pulsión
autoritaria. Esta tendencia, incluso en la situación de desarrollo económico
favorable en América Latina viene dada por la larguísima sombra de Hugo Chávez.Dice un refrán castellano "Dime con quien andas y te diré quien eres". La amistad de Rafael Correa con el omnipresente Hugo Chávez dice mucho y el afán de imitación dice mucho más. El panorama se pinta de autoritarismo, violencia, enemistad, nunca gratuita, de EEUU y las instituciones internacionales, agresivas, avaras y egoístas, pero necesarias.
Ecuador debería tomar ejemplo de la más antigua democracia parlamentaria del mundo, la británica, que se rige por usos y costumbres que ni siquiera están escritos. Cuando el acuerdo, el consenso y el respeto a la voluntad popular es ley, los gobernantes conocen donde están sus límites sin necesidad de dejarse llevar por caudillos como el neobolivariano Chávez que desde su ALBA y con sus postulados radicales solo busca convertirse en la superpotencia de América Latina.
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