Nodo libre
Las trampas del lenguaje: la gente normalEscrito por Jéssica Fillol Morales Jueves, 26 de Abril de 2007 09:09

Cuando oigo o leo a un conservador hablando de la gente normal se me ponen los pelos de punta, porque sé que eso significa. Significa por extensión, que considera a una parte de la población como gente anormal, y estoy segura de que esa dicotomía aterra a cualquier persona sensata.
He oído a Federico Jiménez Losantos decir que Zapatero sólo habla con terroristas, homosexules y catalanes (¡sic!), pero no con la gente normal (Federico también utiliza el lenguaje de una forma muy peculiar: dice terroristas cuando quiere decir nacionalistas, y dice gente normal cuando quiere decir votantes del PP del sector más intolerante, ese sector que cree que Gallardón es un izquierdista radical y Piqué un peligroso separatista que merecería estar en la cárcel).
También he oído a Rajoy interiorizar las palabras del talibán de las ondas episcopales y decir que Zapatero es un radical que margina a las personas normales (que son las que votan a su partido, claro).
Y he oído a Acebes decir que las personas normales, los españoles de bien, son los que van a las manifestaciones del PP.
Cada vez van poniendo más difícil esto de acceder a la categoría de personas normales, claro que en vista de la compañía, tampoco tengo muy claro si me apetece serlo
Recientemente he podido leer la agria recriminación que hace Alberto Fernández Díaz (candidato por el PP a la alcaldía de Barcelona) al equipo de Gobierno municipal: les echa en cara que en el Ayuntamiento haya un Consejo de Gays y Lesbianas, pero no haya un Consejo de la Familia normal. Otro que utiliza las palabras para darles el significado que a él le viene en gana.
Cuando Fernández Díaz habla de familia normal, a lo que en realidad se refiere es a la familia tradicional, que es bien diferente y desde luego no implica que los hijos de padres separados tengan una familia anormal (y menos teniendo en cuenta las cifras de divorcios en España), ni que a una familia disfuncional con padres bien casados y mal avenidos se la pueda considerar normal.
Por regla general, cuando decimos que algo es normal, podemos darle varios significados: el primero, que es habitual, que se da con una frecuencia superior a la media. El segundo que es lo que está bien, lo que se ajusta a las normas: Así ha sido siempre, es lo normal.
Calificar a las personas o los estilos de vida de normales o no, es una perversión del lenguaje que implica discriminación e impone barreras entre el yo y el otro. Cuando los políticos conservadores se refieren a la gente normal, los ciudadanos decentes, los españoles de bien, o cualquier otro derivado, pretenden estigmatizar al otro, al anormal. Y, por extensión, al que apoya al que pacta o negocia con el indecente, el falsario, el anormal (el terrorista, el catalán, el homosexual).
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