Escrito por Daniel Méndez Morán Lunes, 12 de Marzo de 2007 12:55

Jacques Chirac, Presidente
de la República de Francia los últimos 12 años, confirmó que no se
presentará a las elecciones de 2007

Jacques Chirac (Foto: Libèration)
En un mensaje retransmitido por las principales cadenas de televisión, Chirac se despidió de los franceses con un tono emotivo y personal. Aunque algunos de los principales candidatos (Nicolas Sarkozy, Ségolène Royal o François Bayrou) dedicaron palabras de homenaje al Presidente de la República, lo cierto es que los medios de comunicación hacen un balance muy negativo de su legado
Jacques Chirac prefirió
hablar ayer de valores como la paz, el ecologismo, el humanismo y su gran amor
por la Francia en lugar de defender las medidas concretas de su mandato. Un
bagaje más que discreto para el hombre que ha dirigido el país durante los
últimos 12 años, que deja a Francia con una deuda galopante , una fractura
social mayor que cuando llegó al poder y una crisis económica sin resolver.
Nada como mirar las elecciones del próximo mes de abril para juzgar el
reinado de Chirac: todos intentan alejarse de su herencia y todos hablan de
un cambio para sacar a Francia de la crisis en la que se encuentra.
Casi todos los medios se ponen de acuerdo a la hora de resaltar el oportunismo de Chirac. Tildado por la BBC de Camaleón Bonaparte, por el Financial Times como el eterno oportunista, su larga carrera política de 40 años ha estado marcada por la inconstancia de sus opiniones y su facilidad para amoldarse a las necesidades políticas. Como describe The Daily Telegraph, ha sido, según su estado de humor, liberal y proteccionista, gaullista y atlantista, federalista y euroescéptico. Pocos políticos como él han sabido desprenderse de sus antiguas ideas para adoptar otras nuevas que le permitieran mantenerse en el poder.
A la hora de medir sus logros económicos y sociales, casi todos apuntan al pragmatismo como la regla de oro de sus políticas. En un principio identificado al liberalismo puro, cercano a Margaret Thatcher y a Ronald Reagan, en sus últimos años ha tendido hacia políticas más sociales. Lo cierto es que cuando se miran los números su legado se llena de sombras: la deuda pública ha pasado de los 740.000 millones de euros a más de un billón y Francia ha pasado del número 11 al 15 en Producto Interior Bruto (PIB) por habitante.
En vista de sus complicaciones en Francia, Chirac intentó cultivar su imagen de hombre de Estado en el extranjero, situándose como el amigo de África y el galante de la diversidad cultural. Es tal vez en la política internacional donde los franceses le reconocen sus mayores logros: los africanos sienten que han perdido un amigo en Europa, mientras que su oposición a la guerra de Irak le valió el respeto dentro y fuera de su país.
De todos modos, Chirac, que se involucró directamente en el referéndum por la Constitución de la Unión Europea, deja aquí uno de los legados más difíciles de superar. Firme europeísta, el no a la Constitución supuso tal vez su peor derrota personal, una forma en la que los franceses expresaron su descontento contra un Gobierno que pasaba por sus horas más bajas.
A todas estas críticas, habría que sumar tal vez la más importante, que no es otra que sus cuentas pendientes con la justicia. Gracias a su impunidad como Presidente de la República, sus casos por corrupción (sobre todo durante sus años como alcalde de París) le esperan tras la salida del Elíseo.
Pero Chirac ha sido, como dicen algunos, un Presidente simpático. Los franceses le han visto como una persona graciosa, un mujeriego, amante del buen vino y la conversación. Una personalidad que le sirvió para granjear amigos en Francia y en el extranjero, pero que no impiden hacer una lectura pesimista de sus 12 años como Presidente y de la situación en la que deja al país.
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Discurso del domingo 11 de marzo en el que Jacques Chirac anuncia que no se presentara a las próximas elecciones y "hace balance" de su mandato.
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Casi todos los medios se ponen de acuerdo a la hora de resaltar el oportunismo de Chirac. Tildado por la BBC de Camaleón Bonaparte, por el Financial Times como el eterno oportunista, su larga carrera política de 40 años ha estado marcada por la inconstancia de sus opiniones y su facilidad para amoldarse a las necesidades políticas. Como describe The Daily Telegraph, ha sido, según su estado de humor, liberal y proteccionista, gaullista y atlantista, federalista y euroescéptico. Pocos políticos como él han sabido desprenderse de sus antiguas ideas para adoptar otras nuevas que le permitieran mantenerse en el poder.
A la hora de medir sus logros económicos y sociales, casi todos apuntan al pragmatismo como la regla de oro de sus políticas. En un principio identificado al liberalismo puro, cercano a Margaret Thatcher y a Ronald Reagan, en sus últimos años ha tendido hacia políticas más sociales. Lo cierto es que cuando se miran los números su legado se llena de sombras: la deuda pública ha pasado de los 740.000 millones de euros a más de un billón y Francia ha pasado del número 11 al 15 en Producto Interior Bruto (PIB) por habitante.
En vista de sus complicaciones en Francia, Chirac intentó cultivar su imagen de hombre de Estado en el extranjero, situándose como el amigo de África y el galante de la diversidad cultural. Es tal vez en la política internacional donde los franceses le reconocen sus mayores logros: los africanos sienten que han perdido un amigo en Europa, mientras que su oposición a la guerra de Irak le valió el respeto dentro y fuera de su país.
De todos modos, Chirac, que se involucró directamente en el referéndum por la Constitución de la Unión Europea, deja aquí uno de los legados más difíciles de superar. Firme europeísta, el no a la Constitución supuso tal vez su peor derrota personal, una forma en la que los franceses expresaron su descontento contra un Gobierno que pasaba por sus horas más bajas.
A todas estas críticas, habría que sumar tal vez la más importante, que no es otra que sus cuentas pendientes con la justicia. Gracias a su impunidad como Presidente de la República, sus casos por corrupción (sobre todo durante sus años como alcalde de París) le esperan tras la salida del Elíseo.
Pero Chirac ha sido, como dicen algunos, un Presidente simpático. Los franceses le han visto como una persona graciosa, un mujeriego, amante del buen vino y la conversación. Una personalidad que le sirvió para granjear amigos en Francia y en el extranjero, pero que no impiden hacer una lectura pesimista de sus 12 años como Presidente y de la situación en la que deja al país.
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Discurso del domingo 11 de marzo en el que Jacques Chirac anuncia que no se presentara a las próximas elecciones y "hace balance" de su mandato.
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