Escrito por Marta G. Franco Domingo, 04 de Marzo de 2007 13:39

Crítica disco: 'El mundo según...' de Señor Chinarro (Mushroom Pillow, 2006)

'El mundo según'. Mushroom Pillow, 2006
El señor Chinarro era el antihéroe de los payasos de la tele, un anodino perdedor al que siempre le ocurrían las desgracias más ridículas (véase ser escupido por una flor). Y además, el alter ego de un músico sevillano, Antonio Luque, que durante más de una década se había labrado una imagen de atormentado, maldito y sieso. Él se ha descrito como un andaluz que no sabe bailar sevillanas ni contar chistes y por eso ha hecho música más bien oscura, áspera e incómoda. Pero de repente saca El fuego amigo, un disco más bien alegre, vistoso y, en la medida de sus posibilidades, accesible. Y un año después, este elepé que podría ser su continuación. O mejor aún, su consagración.
Entre el oscurantismo y lo facilón, Luque tira otra vez por la calle de en medio y desarrolla aquel crisol de influencias que fue su álbum anterior. Ya no es un catalizador del guitar pop británico de finales de los ochenta y del noise español de principios de los noventa, sino que ha recogido los trocitos de 2005 para consolidar su nuevo sonido. A aquellas influencias indies hay que sumar cuidadas orquestaciones, el country-folk de G.G. Penningstone y la rumba de Del montón y Gitana. Si en el anterior necesitaba los coros de Enrique Morente, ahora él ya se atreve solito a gritar un olé allá antes de que las guitarras rompan, pero, eso sí, conserva su particular forma de cantar: indiferente, monótono y sin abrir demasiado la boca, como sin esperar que nadie le escuche. Todo con las cosas bien hechas, porque la producción otrora demasiado cutre es ahora impecable y su desafino característico suena mejor afinado que nunca.
Se podría decir que todos los discos de Señor Chinarro son El mundo según porque si son algo es su visión personalísima del mundo.
Estas 12 canciones suponen de nuevo una colección de momentos costumbristas vestidos de surrealismo, plagadas de imágenes altamente evocadoras, frases de sentido desanclado que cobran un significado diferente -o ninguno- con cada escucha y rincones de la ciudad que no salen en los folletos turísticos. En discos anteriores las letras parecían fruto de escritura automática -o lisérgica- y por tanto siempre eran sospechosas de ser mero relleno vocálico, pero ahora más que nunca son discursos coherentes y con vocación de construir un nuevo refranero a base de reflexiones ingeniosas. Por ejemplo, pudo ser un amor del montón pero todo el montón era mío (Del montón) o te sientes punki con tus plumas Falcon Crest (Ángela). Aquí refina sus típicas descripciones de paisajes urbanos, como el acertado primer single La decoración, y de personajes incómodos como el de Esplendor en la hierba. Pero además, Luque gana en fuerza narrativa y puede contar un rollo de una noche (El mar de la tranquilidad) o un viaje a Portugal (El lejano oeste) con pelos y señales, para que nos enteremos como si hubiéramos estado allí. Haciendo épica de lo cotidiano y añadiéndole lirismo.
Este podría ser el mejor disco de Señor Chinarro. Si lo es sólo podremos saberlo dentro de 4 ó 5 años, cuando lo recuperemos, escuchemos un par de detalles que nunca antes habían estado allí o en los que nunca habíamos reparado y nos parezca la gota que colma el vaso del premio. Porque así son los discos de Luque, para desgranar y disfrutarlos poco a poco. Sin embargo, de aquí a entonces es probable que ya haya hecho 2 ó 3 más que sean candidatos a mejor disco de Señor Chinarro y estén pendientes del mismo procedimiento de validación. Así que, en realidad, nunca lo sabremos.
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Se podría decir que todos los discos de Señor Chinarro son El mundo según porque si son algo es su visión personalísima del mundo.
Estas 12 canciones suponen de nuevo una colección de momentos costumbristas vestidos de surrealismo, plagadas de imágenes altamente evocadoras, frases de sentido desanclado que cobran un significado diferente -o ninguno- con cada escucha y rincones de la ciudad que no salen en los folletos turísticos. En discos anteriores las letras parecían fruto de escritura automática -o lisérgica- y por tanto siempre eran sospechosas de ser mero relleno vocálico, pero ahora más que nunca son discursos coherentes y con vocación de construir un nuevo refranero a base de reflexiones ingeniosas. Por ejemplo, pudo ser un amor del montón pero todo el montón era mío (Del montón) o te sientes punki con tus plumas Falcon Crest (Ángela). Aquí refina sus típicas descripciones de paisajes urbanos, como el acertado primer single La decoración, y de personajes incómodos como el de Esplendor en la hierba. Pero además, Luque gana en fuerza narrativa y puede contar un rollo de una noche (El mar de la tranquilidad) o un viaje a Portugal (El lejano oeste) con pelos y señales, para que nos enteremos como si hubiéramos estado allí. Haciendo épica de lo cotidiano y añadiéndole lirismo.
Este podría ser el mejor disco de Señor Chinarro. Si lo es sólo podremos saberlo dentro de 4 ó 5 años, cuando lo recuperemos, escuchemos un par de detalles que nunca antes habían estado allí o en los que nunca habíamos reparado y nos parezca la gota que colma el vaso del premio. Porque así son los discos de Luque, para desgranar y disfrutarlos poco a poco. Sin embargo, de aquí a entonces es probable que ya haya hecho 2 ó 3 más que sean candidatos a mejor disco de Señor Chinarro y estén pendientes del mismo procedimiento de validación. Así que, en realidad, nunca lo sabremos.
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